12.5.16

Not so obvious



Stop thinking about mental illness as a matter of will.

9.5.16

Depresión: el secreto que compartimos

Esta es una de mis TED talks favoritas, capta lo fundamental acerca de la depresión, sin clichés, sin mitos, con honestidad. Lo recomiendo a todas aquellas personas que vivan con una persona depresiva, como una confesión y un llamado a la empatía. 

Sucede que hay ocasiones en las cuales la depresión endógena es confundida con apatía, incluso pereza, hipocondria o una egoísta falta de interés hacia el entorno. Suena sencillo pero, en ocasiones, la actitud reactiva ante estas creencias suele empeorar el estado de los enfermos, minar su autoestima y hundirlos aún más en su propio abismo. 

«Lo contrario de la depresión no es la felicidad, sino la vitalidad. Y fue la vitalidad lo que parecía haberme abandonado en ese momento».


28.4.16

El 24 de septiembre del 2015 perdí toda la fuerza...



"Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada
 en la cama con un millón de kilos encima".





A las cuatro de la tarde, después de mucho esfuerzo logré bañarme, tenía cita con la psicóloga, envié un whats: no tengo fuerza para ir. Después de vestirme me quedé tumbada en la cama, ya no me pude levantar.

El día anterior había cumplido treinta años, lo había pasado con René, Iche y mis hermanos. Fue un día muy agradable, me sentía contenta. Comimos en un restaurante y tomé mi primera cerveza después de catorce meses de abstención. Un poco de melancolía, puesto que hacía un año exactamente, había muerto Chuchet, ese día no podía dejar de pensar en ella y extrañarla, pero aún con eso me sentía bien, estable.

El 25 todo empeoró, no paraba de llorar, tenía ataques de ansiedad, pánico, no quería ver a nadie, sólo estar a oscuras y que nadie me molestara. Iche no sabía qué hacer, recurrió a Jason, que me recetó 20 mg de Citalopram. Después de unas horas logré levantarme, ya no sentía ansiedad, pero cuando volví a acostarme todo empeoró, me hundí en la cama con mayor pesadez, sólo pensaba que pronto moriría, lo daba por hecho, ¿qué pasaría con René?, ¿quién se haría cargo de ella?, ¿qué haría Iche sin mí?, ¿se mudarían?, etc. Los días siguientes no lograba salir de la cama, no comía, no podía moverme, atendía a René en lo necesario y regresaba a acostarme. Entraba y salía gente de mi casa, se llevaban a René, la traían de vuelta, me llevaban de comer...

Pasaron los días, hasta que Iche me llevo con la psiquiatra. Diagnóstico: depresión y ansiedad de años atrás pero que apenas se había detonado. Junto con el citalopram ahora tendría que tomar 25 mg de Quetiapina. Lentamente fui mejorando, pero durante el día apenas y podía mantenerme en pie, tenía sueño, mucho sueño, me costaba despertar.

En la siguiente consulta le dije a la doctora que el sueño era excesivo, me explicó que la quetiapina, a menor dosis, mayor somnolencia, así que la aumentó a 50 mg. El sueño disminuyó, volví a ser la de antes, no hacía algo especial durante el día pero ya no estaba acostada todo el tiempo, sin embargo algo me hacía falta, en realidad no tenía ganas de vivir aunque ya no pensaba en el suicidio tan a menudo. 

La próxima vez que fui con la psiquiatra, le expliqué que mi vida ya era normal, me encontraba estable, sin problemas. Pero entonces me preguntó que si sentía que algo me hacía falta. ¡Me había leído el pensamiento! ¡Exactamente! Estoy bien pero algo me hace falta. Hizo algunas anotaciones y aumentó la dosis de quetiapina a 100 mg.

Pasaron los meses, cada semana iba con una psicóloga para que me hiciera estudios puesto que a la psiquiatra le hacía falta saber si yo presentaba algún trastorno de la personalidad, a razón de la gran ansiedad que me provocaban ciertas situaciones de la vida cotidiana que podían hacer que estallara por cualquier nimiedad.

Sobrevivía...

Hasta que un día, cuatro meses después de haber iniciado el tratamiento, me sentí bien, no recuerdo exactamente el momento, pero ya no estaba triste, ya no sentía un hueco enorme dentro de mí, no había desazón ni ataques de ansiedad. Mi mal carácter aminoró, la pesadumbre se disipó. Comencé a pasar más tiempo con René, a poner en orden la casa, volví a escuchar música, a ver películas, leer, planear, anhelar... comencé a vivir.

Y digo comencé, porque no es que haya vuelto a ser la de antes, mi depresión tiene 17 años, durante los cuales no hice sino sobrevivir. Parece fácil aceptarlo pero es una verdad profundamente triste, pensar que viví mi adolescencia, los mejores años de mi juventud, debajo de ese velo que me impedía disfrutar de la vida, explotarla, exprimir hasta la última gota de mis capacidades. Simplemente me dejaba arrastrar por la corriente, sin rumbo, completamente a la deriva. Cometí infinidad de errores, me sabotee, me concedí nula importancia y no hice más de lo necesario para sobrellevar mi existencia.

Durante los últimos años, con un poco más de madurez, tomé un rumbo, elegí una dirección; pero de nada sirvió porque los remordimientos, la culpa y el arrepentimiento no me permitían avanzar, me sentía tan mal, tan avergonzada de mi pasado, tan miserable y mediocre, que terminé por quedarme pasmada, plantada en medio del camino.  

Hasta aquél día en que mi cuerpo cedió al peso que llevaba cargando durante tantos años.

Cuando el reporte de la psicóloga estuvo listo, me citó para hablar conmigo sobre algunos aspectos que le habían llamado la atención. Mientras ella describía mi personalidad, como si lograra ver dentro de mí, como si me conociera de toda la vida, se formó un nudo en mi garganta, tuve que contenerme para no llorar, me describía como a una persona inteligente, con un gran potencial, que nunca logré ver. Toda mi vida la dediqué a anularme y menospreciarme. Y es que jamás he confiado en mí. Siempre me sentí pequeña, insignificante y estúpida al lado de otras personas. Ella hablaba y yo me imaginaba sepultándome en vida, muchos metros bajo tierra.

El informe coincidía con el diagnóstico de la psiquiatra: altos niveles de depresión y ansiedad, un pobre autoconcepto, inseguridad, trastornos del sueño, pérdida del apetito, rasgos obsesivos y perfeccionistas, excesiva autoexigencia, personalidad ezquizoide, etc. Caos. Una madeja enmarañada que me he dedicado a desenredar pacientemente.

Ahora tengo una vida. Disfruto de ella. Tengo planes, un carácter más llevadero, he dejado de odiarme, de ser mi peor enemigo, desapareció la agresividad, la autocensura, los remordimientos. Algunos rasgos se afianzaron a mi personalidad, no tengo amistades ni disfruto estar en compañía de extraños, continúo siendo una persona obsesiva y reservada, pero soy capaz de llevar una vida "normal".

Aún queda mucho por hacer, todavía me resisto a la psicoterapia, no he logrado hacer ejercicio y sigo sin saber cómo manejar la ansiedad. Pero la peor parte ya ha pasado, no tengo prisa. Por supuesto hay días en que me inunda una profunda tristeza, en que la ansiedad me inmoviliza, tiendo a procrastinar y a ser hostil, pero no me he vuelto a sentir como en aquellos días de septiembre.

Pasé la mitad de mi vida en la sombra, pero aún queda tiempo, algún día seré la persona que anhelo, no es demasiado tarde.


24.6.10

Fragmentos de 'Ómnibus' (Julio Cortázar)

Sonriendo para ella buscó asiento hacia el fondo, halló vacío el que correspondía a Puerta de Emergencia, y se instaló con el menudo placer de propietario que siempre da el lado de la ventanilla. 
Súbitamente inquieta, dejó resbalar un poco el cuerpo, fijó los ojos en el estropeado respaldo delantero, examinando la palanca de la puerta de emergencia y su inscripción: Para abrir la puerta TIRE LA MANIJA hacia adentro y levántese, considerando las letras una a una sin alcanzar a reunirlas en palabras. Lograba así una zona de seguridad, una tregua donde pensar.
—Este asiento tiene ventanilla fija —dijo él—. Usted ve que es el único asiento del coche que viene así, por la puerta de emergencia.
Clara miraba la puerta, las tiras de goma negra y los rectángulos de sucio vidrio; no quería ver otra cosa y temblaba horriblemente.